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Estados Unidos asumió control operativo sobre 30–50 millones de barriles venezolanos, alterando flujos regionales y expectativas de oferta.
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El movimiento busca optimizar el sistema de refinación del Golfo, debilitar la influencia de China y usar el crudo como palanca política.
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El impacto inmediato presiona al WTI, pero el desafío real es sostener producción sin inversión y con alta incertidumbre jurídica.
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Estados Unidos asumió control operativo sobre 30–50 millones de barriles venezolanos, alterando flujos regionales y expectativas de oferta.
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El movimiento busca optimizar el sistema de refinación del Golfo, debilitar la influencia de China y usar el crudo como palanca política.
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El impacto inmediato presiona al WTI, pero el desafío real es sostener producción sin inversión y con alta incertidumbre jurídica.
En los últimos días, la decisión de Donald Trump de asumir control directo sobre el petróleo venezolano sorprendió incluso a operadores acostumbrados a movimientos agresivos de política exterior. No se trata solo de un anuncio político ni de un gesto simbólico tras la captura de Nicolás Maduro, sino de una jugada energética de gran escala que reconfigura flujos, precios y equilibrios geopolíticos en el mercado global de crudo.
Reservas gigantes, producción deprimida y crudo atrapado
Venezuela lidera las reservas probadas de crudo en 2024 con el 19,4% del total mundial, por delante de Arabia Saudita e Irán.Fuente: Statista.
La estrategia parte de un hecho estructural. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero hoy produce menos de un millón de barriles diarios, una fracción de lo que bombeaba hace dos décadas. Años de sanciones, subinversión y deterioro operativo dejaron grandes volúmenes de crudo almacenados en tanques y buques, sin salida al mercado. El plan de Trump apunta precisamente a desbloquear ese cuello de botella, tomando control de entre 30 y 50 millones de barriles, equivalentes a uno o dos meses de producción venezolana, y comercializarlos directamente bajo supervisión estadounidense.
Desde el punto de vista energético, el movimiento tiene lógica doméstica clara. Muchas refinerías del Golfo de México están diseñadas para procesar crudos pesados y ácidos, un tipo de petróleo que Estados Unidos no produce en cantidad suficiente. Durante décadas, Venezuela cumplió ese rol, hasta que las sanciones obligaron a reemplazar esos barriles por crudo canadiense y mexicano. El retorno del petróleo venezolano permitiría mejorar márgenes de refinación, reducir costos de mezcla y aumentar la eficiencia operativa de plantas clave, algo que explica por qué acciones de refinadoras como Valero y Phillips 66 reaccionaron con fuerza tras los anuncios.
Controlar ventas y flujos de caja
Pero la estrategia va mucho más allá del equilibrio técnico de refinerías. Al controlar la venta del crudo y los flujos de caja asociados, Washington introduce un mecanismo de presión política permanente. Los ingresos del petróleo no quedarían en manos plenas del Estado venezolano, sino que serían administrados desde Estados Unidos, bajo el argumento de que se destinarán a reconstrucción económica y estabilidad. En la práctica, esto convierte al petróleo en una palanca directa de gobernabilidad, algo inédito en la historia reciente de los mercados energéticos.
El impacto geopolítico es inmediato. Antes del bloqueo, China absorbía cerca de 389.000 barriles diarios de crudo venezolano en 2025, alrededor de 4% de sus importaciones marítimas totales, según datos de comercio y seguimiento de buques. Esos flujos, que además llegaban con descuentos significativos, ahora quedan en entredicho. La exigencia estadounidense de que Caracas reduzca o corte vínculos energéticos con China, Rusia, Irán y Cuba transforma el petróleo venezolano en una herramienta explícita de contención estratégica, alineada con la reactivación de una versión moderna de la Doctrina Monroe.
Efecto de mercado
Fuente: xStation5.
Desde el mercado, el efecto inicial fue claro. El anuncio presionó a la baja los precios del crudo, con el WTI acercándose a la zona de 56 dólares, al interpretarse como un shock puntual de oferta. Sin embargo, varios analistas coinciden en que el volumen involucrado es relevante políticamente, pero limitado económicamente. Treinta a cincuenta millones de barriles no cambian estructuralmente el balance global, pero sí alteran expectativas y flujos regionales, especialmente en América del Norte.
Desafíos del plan
En el mediano plazo, el plan enfrenta desafíos importantes. Reactivar la producción venezolana más allá de esos barriles almacenados requerirá inversiones anuales cercanas a 10.000 millones de dólares durante una década, según estimaciones académicas y del propio Departamento de Energía. Además, las petroleras internacionales siguen siendo cautelosas ante la inseguridad jurídica y el riesgo de que un cambio político futuro revierta acuerdos. No es casual que, por ahora, Chevron siga siendo la única gran petrolera estadounidense operando en el país, bajo licencias específicas.
La estrategia de Trump con el petróleo venezolano combina objetivos energéticos, económicos y geopolíticos en una sola jugada. Busca asegurar suministro adecuado para el sistema de refinación estadounidense, debilitar la influencia de China en América Latina y utilizar el control del crudo como mecanismo de poder político. Más que una operación puntual, es una redefinición del rol de Estados Unidos como actor directo en el mercado petrolero internacional, con consecuencias que recién comienzan a desplegarse.
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