- SpaceX vuelve a cotizar cerca de su precio de salida mientras el mercado comienza a evaluar sus fundamentos más allá del entusiasmo inicial.
- El crecimiento de Starlink y el desarrollo de Starship serán determinantes para justificar las elevadas expectativas de valoración.
- El soporte técnico en 135 dólares será clave para definir si la acción puede construir una nueva fase alcista.
- SpaceX vuelve a cotizar cerca de su precio de salida mientras el mercado comienza a evaluar sus fundamentos más allá del entusiasmo inicial.
- El crecimiento de Starlink y el desarrollo de Starship serán determinantes para justificar las elevadas expectativas de valoración.
- El soporte técnico en 135 dólares será clave para definir si la acción puede construir una nueva fase alcista.
Hay empresas que uno analiza con una hoja de cálculo. Miras ingresos, márgenes, deuda, beneficios y, con un poco de suerte, terminas teniendo una idea bastante aproximada de cuánto valen. Y luego está SpaceX.
Con SpaceX ocurre algo curioso. Cada vez que intento pensar en ella, me viene a la cabeza la misma pregunta: ¿cómo se pone precio a una compañía cuyo fundador quiere colonizar Marte? Puede sonar exagerado, pero ese es precisamente el problema. SpaceX no vende únicamente lanzamientos espaciales. Vende una visión del futuro. Y eso es maravilloso para construir una narrativa, pero tremendamente incómodo cuando uno intenta valorar una empresa.
Porque, siendo sinceros, nadie sabe realmente cuánto vale SpaceX.
Si le preguntas a un analista tradicional, probablemente te dirá que cotiza demasiado cara. Si le preguntas a un seguidor de Elon Musk, te responderá que todavía es pronto para entender su verdadero potencial. Y, como suele ocurrir en los mercados, la realidad probablemente se encuentre en algún punto intermedio.
La salida a bolsa del pasado mes de junio fue histórica. No solo por el tamaño de la operación, cercana a los 75.000 millones de dólares, sino porque permitió, por primera vez, que millones de inversores pudieran comprar una pequeña parte de una compañía que durante años había sido casi una leyenda de Silicon Valley. Durante dos décadas, SpaceX fue una empresa privada sobre la que todo el mundo tenía una opinión, pero muy pocos podían invertir. Eso cambió el día que comenzó a cotizar a 135 dólares por acción.
Lo que ha ocurrido desde entonces tampoco debería sorprender demasiado.
La acción llegó a superar los 225 dólares durante sus primeras sesiones, impulsada por una mezcla de entusiasmo, escasez de papel y la sensación de estar participando en algo histórico. Un mes después, el mercado ha hecho lo que siempre hace: empezar a separar el relato de la realidad. Hoy, la cotización vuelve a moverse cerca de los 134 dólares, prácticamente donde comenzó toda esta historia.
Y esa caída, curiosamente, no me parece una mala noticia.
De hecho, creo que era necesaria.
Porque durante unos días el mercado pareció olvidar que, detrás de los cohetes, de Starlink y de las fotografías espectaculares de aterrizajes imposibles, sigue existiendo una empresa. Una empresa que factura aproximadamente 18.700 millones de dólares, que continúa perdiendo dinero debido a sus enormes inversiones y que necesita demostrar que puede convertir una visión extraordinaria en un negocio extraordinariamente rentable.
Eso no significa que la compañía esté en problemas. Significa, simplemente, que el mercado ha dejado de preguntarse qué podría llegar a ser y ha empezado a preguntarse cuánto tardará en conseguirlo.
Morgan Stanley es probablemente la firma que mejor representa el optimismo actual. Sus analistas estiman que SpaceX podría generar 330.000 millones de dólares de ingresos en 2030 y más de 3 billones en 2040. La cifra es tan grande que cuesta incluso escribirla. Estamos hablando de unos ingresos superiores al PIB actual de muchos países desarrollados.
Cada vez que leo esas previsiones me hago la misma reflexión: para que Morgan Stanley tenga razón, SpaceX no puede limitarse a ser una empresa espacial. Tiene que convertirse en una infraestructura global.
Y, en realidad, esa es exactamente la apuesta.
Starlink ya cuenta con millones de usuarios en todo el mundo y continúa creciendo a un ritmo muy difícil de encontrar en compañías de este tamaño. La división de lanzamientos domina claramente el mercado occidental. Starship, si finalmente funciona como espera Elon Musk, podría reducir drásticamente el coste de acceso al espacio. Y, además, existe una creciente exposición a contratos relacionados con defensa y comunicaciones.
Visto así, uno entiende por qué algunos inversores están dispuestos a pagar múltiplos que resultarían absurdos para cualquier otra compañía.
Pero también entiende por qué otros se mantienen al margen.
Porque SpaceX exige un acto de fe.
Exige creer que Starship funcionará. Exige creer que Starlink seguirá creciendo durante años. Exige creer que la economía espacial será mucho mayor dentro de veinte años. Y exige creer, una vez más, que Elon Musk será capaz de hacer algo que la mayoría considera improbable.
No sería la primera vez.
Conviene recordar que Tesla estuvo a punto de desaparecer en varias ocasiones. Que reutilizar cohetes parecía una idea ridícula hace quince años. Y que hubo un tiempo en el que mucha gente pensaba que vender coches eléctricos a gran escala era poco menos que imposible.
Eso no significa que Musk siempre tenga razón. Significa únicamente que apostar en su contra ha sido, históricamente, una actividad bastante peligrosa.
Desde un punto de vista técnico, además, el gráfico empieza a entrar en una zona interesante. La región de los 135 dólares se ha convertido en un soporte psicológico evidente. Perder ese nivel implicaría que el mercado considera que incluso el precio de salida fue demasiado exigente. Mantenerlo, por el contrario, permitiría construir una base desde la que intentar recuperar los 150 dólares y, posteriormente, volver a mirar hacia la zona de máximos.
Pero, sinceramente, tengo la sensación de que el gráfico es casi secundario.
Porque SpaceX no cotiza como una compañía normal. Cotiza como una promesa.
Y las promesas tienen una característica muy particular: tardan mucho tiempo en demostrarse correctas o incorrectas.
Quizá dentro de diez años miremos atrás y nos parezca evidente que comprar SpaceX a 136 dólares fue una oportunidad histórica. O quizá descubramos que el mercado estaba descontando un futuro demasiado perfecto. Nadie lo sabe.
Lo único que parece bastante claro es que SpaceX continúa siendo una de las apuestas más ambiciosas jamás vistas en los mercados financieros. No porque fabrique cohetes. Ni siquiera porque quiera llegar a Marte.
Sino porque está intentando hacer algo que Wall Street lleva siglos persiguiendo: convertir una idea aparentemente imposible en una realidad capaz de generar miles de millones de dólares.
Y, si algo nos ha enseñado Elon Musk durante los últimos veinte años, es que nunca conviene descartar demasiado pronto las ideas que parecen imposibles.
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Alejandro de Luis
Editor de Hispatrading Magazine, revista de trading con mayor difusión en español, Alejandro ha trabajado como trader en diferentes sociedades de valores y firmas de trading propietario, así como en áreas de negociación y análisis durante casi dos décadas. Autor de varios libros de trading publicados en más de 5 países ha impartido conferencias formativas y programas de especialización ante audiencias de más de 40 países, entre ellas alumnos de varias universidades europeas de prestigio.
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