- SpaceX apunta a 1,75 billones de dólares en su debut previsto para el verano de 2026, con ingresos de 18.600 millones en 2025 impulsados por Starlink y sus 9,2 millones de suscriptores, pero el S-1 confirma que la compañía perdió dinero en el año consolidado.
- Toda la estrategia de crecimiento, desde centros de datos orbitales hasta colonias en Marte, depende de Starship, un programa que acumula retrasos, y de tecnologías que el propio prospecto reconoce como aún no comercialmente viables.
- Musk controla las acciones Clase B con 10 votos cada una y es el único que puede destituirse a sí mismo como CEO, una estructura que expertos de Harvard califican como sin precedente entre empresas públicas.
- SpaceX apunta a 1,75 billones de dólares en su debut previsto para el verano de 2026, con ingresos de 18.600 millones en 2025 impulsados por Starlink y sus 9,2 millones de suscriptores, pero el S-1 confirma que la compañía perdió dinero en el año consolidado.
- Toda la estrategia de crecimiento, desde centros de datos orbitales hasta colonias en Marte, depende de Starship, un programa que acumula retrasos, y de tecnologías que el propio prospecto reconoce como aún no comercialmente viables.
- Musk controla las acciones Clase B con 10 votos cada una y es el único que puede destituirse a sí mismo como CEO, una estructura que expertos de Harvard califican como sin precedente entre empresas públicas.
Hace 24 años, días después de la salida a bolsa de PayPal, Elon Musk estaba inclinado sobre un manual soviético de cohetes en un casino de Las Vegas mientras sus colegas celebraban junto a la piscina. Ese momento ha derivado en lo que Reuters describe, tras revisar más de 100 páginas del prospecto confidencial de SpaceX, como el documento de salida a bolsa más ambicioso de la historia corporativa moderna, una valoración que compartimos.
La compañía apunta a una valoración de 1,75 billones de dólares en un debut previsto para el verano de 2026, superando el récord de 29.000 millones de dólares de Saudi Aramco. El S-1 revela a Starlink como motor rentable, un escenário con pérdidas consolidadas en 2025 y una estructura de gobierno que no tiene equivalente entre las grandes tecnológicas que han cotizado en décadas.
El único negocio que justifica la valoración hoy
La base tangible de la valoración de SpaceX es Starlink, la red de más de 10.000 satélites en órbita baja que cerró 2025 con 9,2 millones de suscriptores y generó la mayor parte de los 18.600 millones de dólares en ingresos del año. El margen EBITDA estimado del negocio de Starlink se sitúa en torno al 71% según la consultora Quilty Space, impulsado por la integración vertical completa, en que SpaceX fabrica sus propios cohetes, satélites, pasarelas terrestres y equipos de cliente, eliminando los márgenes de proveedores externos en cada etapa. Las estimaciones para 2026 apuntan a 20.000 millones de ingresos con un EBITDA de 14.200 millones.
El Falcon 9 es el pilar operacional que hace posible ese modelo, solamente durante el año de 2025, SpaceX realizó más lanzamientos que todos los demás operadores mundiales combinados, convirtiendo el acceso al espacio en una operación de rutina que ningún competidor puede replicar a costos equivalentes. Blue Origin, el rival más cercano, sigue en fase de startup y su último lanzamiento comercial en abril falló en colocar un satélite en la órbita correcta. Pese a esa fortaleza operacional en lanzamientos y conectividad, el S-1 confirma que SpaceX perdió dinero en 2025 a nivel consolidado, en parte por la absorción de xAI en febrero y los compromisos de gasto en infraestructura futura.
El crecimiento más allá de Starlink depende casi íntegramente de Starship, el cohete completamente reutilizable con mayor capacidad de carga jamás construido, que subyace a prácticamente cada apuesta de largo plazo del prospecto, expansión de Starlink, centros de datos orbitales, misiones a la Luna y Marte. El S-1 advierte sin rodeos que cualquier fallo o retraso en el desarrollo de Starship a escala limitaría la capacidad de SpaceX de ejecutar su estrategia de crecimiento, y Starship acumula años de retrasos por fallos en pruebas, obstáculos regulatorios y problemas de ingeniería. El TAM declarado de 28,5 billones de dólares, superior al PIB total de Estados Unidos, incluye tecnologías que el propio prospecto reconoce como aún no comercialmente viables.
La cláusula de gobierno que no tiene precedente
El elemento del S-1 que ha generado mayor debate entre expertos en gobierno corporativo es la arquitectura de control. SpaceX adoptará una estructura de dos clases de acciones, Clase A para inversores públicos con un voto por acción, y Clase B para Musk y ejecutivos con diez votos cada una. Hasta ahí, un esquema habitual en empresas tecnológicas fundadoras desde que Facebook cotizó en 2012.
Lo que no tiene equivalente es la provisión que establece que Musk solo puede ser removido como CEO o presidente del consejo por el voto de los tenedores de acciones Clase B, que él mismo controla. En la práctica, Musk es el único que puede destituirse a sí mismo. Lucian Bebchuk, profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, señaló a Reuters que esta provisión no es común, habitualmente la destitución del CEO es una decisión del consejo, y los fundadores con control de voto confían en su poder para reemplazar al consejo si es necesario, pero no se autootorgan el derecho explícito de no poder ser removidos. El prospecto advierte directamente a los inversores que la estructura limitará o impedirá su capacidad de influir en decisiones corporativas.
Es el mismo mecanismo que permitió a Musk tomar decisiones que ningún consejo convencional habría aprobado, desde los primeros lanzamientos fallidos de Falcon 1 hasta la apuesta por Starship. Pero también significa que cualquier deterioro en su juicio o disponibilidad no tiene mecanismo de corrección institucional. El S-1 lo reconoce sin ambigüedades: la pérdida de Musk representaría un desafío existencial para la compañía, y la selección de un sucesor puede no ocurrir de forma oportuna o en absoluto.
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