- El Tesoro de EE. UU. podría usar hasta 950.000 millones de dólares de la TGA para financiar recompras de deuda y sostener los bonos a largo plazo
- La medida daría a Bessent más margen para contener los costes de financiación, aunque reduciría el colchón ante un nuevo conflicto por el techo de deuda
- El Tesoro de EE. UU. podría usar hasta 950.000 millones de dólares de la TGA para financiar recompras de deuda y sostener los bonos a largo plazo
- La medida daría a Bessent más margen para contener los costes de financiación, aunque reduciría el colchón ante un nuevo conflicto por el techo de deuda
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, dispone de una munición mucho mayor de la que el mercado había asumido hasta ahora para sostener su programa de recompra de deuda pública. Según ha revelado hoy la CNBC, citando a dos altos funcionarios del Tesoro, la administración podría recurrir a la Cuenta General del Tesoro (TGA, por sus siglas en inglés), que actualmente ronda los 950.000 millones de dólares, para financiar las compras de bonos gubernamentales.
¿Qué es la TGA y por qué importa?
La TGA funciona como la “cuenta corriente” del Gobierno estadounidense, un colchón de liquidez depositado en la Reserva Federal y nutrido con la recaudación fiscal ya existente. Bessent la ha elevado hasta cerca de 950.000 millones de dólares, muy por encima del objetivo de entre 550.000 y 600.000 millones que mantenía la Administración Biden. Bajo Janet Yellen, la pauta era mantener el saldo equivalente a “una semana de necesidades de caja”; el Tesoro actual, en cambio, dice fijarlo “de forma consistente con su política de balance de efectivo a largo plazo”, una fórmula deliberadamente ambigua que le da mayor margen de maniobra.
No se ha informado cuánto de esa cuenta podría movilizarse ni cuándo se anunciará dicha decisión, pero segun las fuentes de la CNBC, el dinero se considera disponible para esa finalidad, aunque sin indicios de que su uso vaya más allá de la compra de los bonos contemplados en el plan anunciado la semana pasada.
La tensión ha subido desde el anuncio del miércoles pasado
La noticia llega apenas cinco días después de que el Tesoro sorprendiera a los mercados anunciando que al menos duplicaría el tamaño de sus recompras de deuda a largo plazo, de 2.000 a un mínimo de 4.000 millones de dólares por operación, centradas en los tramos de 10-20 y 20-30 años, los más golpeados por una fuerte presión vendedora desde finales de junio. Las primeras operaciones bajo el nuevo esquema comenzarán el 9 de septiembre y se mantendrán hasta el 4 de noviembre.
En una entrevista posterior, Bessent fue más allá y sugirió que el importe podría superar ese mínimo de 4.000 millones: “Vamos a aumentar el tamaño de la recompra… podría ser más de 4.000 millones por emisión”, afirmó, bautizando la maniobra como un “Treasury Twist” —en alusión a las operaciones en las que se compra deuda a largo plazo financiándola con emisión a corto plazo.
Hasta ahora, el Tesoro no había explicado cómo pensaba financiar esas compras. La mayoría de los inversores asumía que lo haría emitiendo más letras a corto plazo, y los propios funcionarios no descartaron esa vía; pero la posibilidad de usar directamente la TGA añade una palanca adicional —y mucho más inmediata— para dar credibilidad al programa.
Un rebote que se desinfló rápido
El anuncio inicial del 19 de agosto provocó un alivio instantáneo en el mercado, con caída de rentabilidades y repunte bursátil. Sin embargo, el efecto se disipó en cuestión de horas: el bono a 30 años, que había retrocedido tras el anuncio, volvió a subir y llegó a tocar el 5,273% el 21 de agosto, por encima incluso del nivel previo a la intervención, mientras el S&P 500 cedía un 0,9%. El mercado fue unánime advirtiendo de un impacto limitado, y del riesgo de que aumente la prima de riesgo a largo plazo. Parte del escepticismo del mercado se debía precisamente a las dudas sobre si el Tesoro tenía “munición” suficiente para que la recompra fuera relevante frente al tamaño total del mercado de deuda estadounidense, cercano a los 40 billones de dólares.
Es en ese contexto donde cobra sentido el anuncio de que existen casi un billón de dólares disponibles en la TGA, lo que provoca que el rendimiento del bono a 10 años esté cayendo ligeramente hasta el 4,708%.
El riesgo del techo de deuda
Usar parte de la TGA para comprar bonos y mantener el saldo cerca del billón de dólares obligaría al Tesoro a emitir deuda adicional para reponer la cuenta. Precisamente, reducir el colchón dejaría al Gobierno con menos margen de caja ante un eventual nuevo enfrentamiento por el techo de deuda. Sin embargo, le permitiría ganar algo de tiempo (potencialmente hasta las elecciones de los midterms) para intentar reconstituir la cuenta en ese tiempo.
Los funcionarios del Tesoro también rechazaron las críticas de que el anuncio sorpresa del 19 de agosto rompiera con la tradición de política “regular y predecible” en materia de emisión de deuda, subrayando que no se modificó el calendario oficial de subastas y que la comunicación llegó casi tres semanas antes de la primera operación, dando tiempo al mercado para prepararse.
Scott Bessent y el frente fiscal
Bessent ha insistido en que el objetivo de estas intervenciones es dar liquidez a tramos del mercado “poco negociados”, especialmente en agosto, y no controlar artificialmente la curva de tipos, aunque el mercado interpreta la maniobra como parte de su empeño declarado por rebajar el rendimiento del bono a 10 años. El secretario ha señalado además que espera una mejora en el frente fiscal cuando los ingresos arancelarios se recuperen tras la sustitución de reembolsos ordenados por los tribunales, y ha anunciado que altos cargos del Tesoro se reunirán próximamente para diseñar nuevas medidas de consolidación fiscal.
De confirmarse el uso efectivo de la TGA, sería la señal más contundente hasta la fecha de que Washington está dispuesto a desplegar todo su “gran arsenal” —en palabras del propio Bessent— para contener el coste de financiación de una deuda pública que ronda ya los 40 billones de dólares, en un momento en que persisten las dudas sobre la independencia de la Reserva Federal y el riesgo de que la intervención del Tesoro termine alimentando expectativas de inflación.
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