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16:29 · 9 de febrero de 2026

China vs. Estados Unidos: cuando la deuda se convierte en arma geopolítica

Conclusiones clave
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Conclusiones clave
  • China no necesita vender agresivamente bonos del Tesoro para tensionar el mercado: basta con reducir compras o adoptar una postura defensiva para elevar el term premium y encarecer el financiamiento de EEUU.

  • La combinación de estímulo fiscal, menor credibilidad monetaria y fragmentación geopolítica apunta a un entorno estructuralmente adverso para la renta fija global, especialmente en los tramos largos de la curva.

En los últimos meses hemos asistido a un aumento claro de las tensiones entre Estados Unidos y sus principales socios comerciales, acompañado de una amenaza cada vez más explícita: utilizar la venta de deuda soberana como instrumento de presión. Lo que antes era un escenario extremo empieza a consolidarse como una nueva normalidad, con implicaciones profundas para la estabilidad financiera global y, en particular, para el mercado de bonos estadounidenses.

Cuando los países insinúan o recurren a ventas masivas de bonos como palanca geopolítica, el sistema financiero deja de ser un mecanismo neutral de asignación de capital y pasa a convertirse en un campo de batalla. La confianza, verdadero respaldo de la deuda pública, se erosiona rápidamente. Además, se trata de un arma con límites claros: puede desestabilizar al adversario, pero también encarece el financiamiento global, castiga a los propios tenedores y acelera la fragmentación del sistema financiero internacional. Es una escalada en la que todos pierden, aunque algunos lo hagan antes que otros.

Este cambio de régimen ya se refleja en la curva de tipos estadounidense, que se ha empinado a una velocidad inusualmente elevada. Tanto una inversión de la curva como un empinamiento abrupto son señales de estrés, y hoy conviven ambos riesgos. Los tramos cortos cotizan a la baja ante la expectativa de nuevos recortes de tipos por parte de la Reserva Federal, mientras que los tramos largos repuntan con fuerza, penalizados por una mayor incertidumbre fiscal y por la posibilidad de una menor presencia de la Fed como comprador estructural.

La percepción de un cambio en la coordinación entre la Fed y el Tesoro refuerza estas dinámicas. El mercado empieza a descontar un escenario en el que la política monetaria prestaría mayor atención a los tramos cortos de la curva, dejando a los largos más expuestos a las fuerzas del mercado. Aunque no existan controles formales de tasas, esta mayor coordinación introduce el riesgo de dominancia fiscal: la sola duda sobre si la Fed priorizará su mandato antiinflacionario frente al coste de financiar al gobierno es suficiente para elevar las expectativas de inflación y la prima de riesgo.

China y la señal silenciosa del mercado de bonos

En este contexto, China emerge como un actor clave. En las últimas semanas, los reguladores chinos han instado a los bancos del país a limitar su exposición a bonos del Tesoro estadounidense, citando riesgos de concentración y volatilidad. Aunque la directriz no afecta directamente a las tenencias estatales y se presenta como una medida prudencial, el mensaje implícito es claro: Pekín busca reducir su dependencia financiera de Estados Unidos en un entorno de creciente incertidumbre fiscal y geopolítica.

China lleva años disminuyendo de forma gradual su exposición a la deuda estadounidense, habiendo perdido ya su posición como principal acreedor de EEUU. El repunte reciente de la volatilidad en los mercados, junto con las dudas sobre la disciplina fiscal de Washington y la independencia de la Reserva Federal, acelera este proceso. Incluso sin ventas agresivas, el simple hecho de que uno de los mayores tenedores estructurales deje de actuar como comprador marginal tiene implicaciones relevantes para la formación de precios en los tramos largos de la curva.

Este movimiento refuerza una idea central: no es necesaria una “venta masiva” para tensionar el mercado. Basta con que grandes actores como China adopten una postura más defensiva o reduzcan incrementalmente sus compras para que aumente el term premium y se eleve el coste de financiación de Estados Unidos. La amenaza, por tanto, es más creíble precisamente porque puede materializarse de forma gradual y silenciosa.

Curva, Fed y dominancia fiscal: un equilibrio cada vez más frágil

En este escenario, una reducción de la presencia de la Fed en los tramos largos tendería a empujar al alza las rentabilidades de medio y largo plazo. La retirada de un comprador no sensible al precio incrementa el term premium, especialmente si coincide con déficits elevados, estímulos fiscales adicionales y una credibilidad monetaria más cuestionada. El resultado probable no sería un control de la curva, sino una estructura más empinada: tipos cortos contenidos por la acción de la Fed y el Tesoro, y tipos largos más elevados y volátiles, reflejando mayores riesgos fiscales e inflacionarios.

Todo ello se produce, además, en un entorno de estímulo adicional. La entrada en vigor de nuevos recortes fiscales, una política monetaria claramente más flexible y una desregulación bancaria orientada al crecimiento refuerzan el sesgo expansivo. Aunque el sector corporativo estadounidense mantiene balances sólidos y el efecto riqueza derivado de los mercados bursátiles sigue sosteniendo el consumo, el coste macro de esta combinación podría manifestarse en mayores presiones inflacionarias y en un castigo sostenido a la renta fija.

En este marco, la renta fija se perfila como uno de los principales damnificados de los próximos años. Si a ello se suma una debilidad estructural del dólar, el inversor debería ser especialmente prudente con la deuda en divisas externas y prestar mayor atención a la sostenibilidad fiscal y monetaria de los emisores. Cuando la deuda se convierte en arma política —y China y Estados Unidos se observan mutuamente desde extremos opuestos de la curva— el riesgo ya no es una crisis puntual, sino un cambio estructural en las reglas del juego financiero global.

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