- Las dudas sobre la rentabilidad de la inteligencia artificial generan volatilidad en el sector tecnológico y mayor exigencia en las valoraciones.
- El volumen negociado de contratos de seguro contra impago para grandes proveedores de nube y fabricantes de chips aumentó significativamente hasta septiembre.
- El gasto de capital en inteligencia artificial requiere una fuerte financiación previa que puede presionar los márgenes si los beneficios tardan en materializarse.
- Unos beneficios empresariales sólidos pueden convivir con caídas bursátiles cuando aumentan los costes de financiación y la presión inflacionaria.
- Las dudas sobre la rentabilidad de la inteligencia artificial generan volatilidad en el sector tecnológico y mayor exigencia en las valoraciones.
- El volumen negociado de contratos de seguro contra impago para grandes proveedores de nube y fabricantes de chips aumentó significativamente hasta septiembre.
- El gasto de capital en inteligencia artificial requiere una fuerte financiación previa que puede presionar los márgenes si los beneficios tardan en materializarse.
- Unos beneficios empresariales sólidos pueden convivir con caídas bursátiles cuando aumentan los costes de financiación y la presión inflacionaria.
Las dudas sobre la rentabilidad de la IA vuelven a sacudir al mercado. El precedente de 2018 recuerda que unos beneficios sólidos pueden convivir con fuertes caídas cuando aumenta el coste del dinero.
La inteligencia artificial vuelve a poner a prueba la confianza de los inversores. Los resultados empresariales no han bastado para consolidar la recuperación tecnológica y el repunte del petróleo añade presión sobre la inflación. Mientras tanto, la búsqueda de refugio favorece a la deuda estadounidense y al yen.
La cuestión para la bolsa es cuánto crecimiento está incorporado en las valoraciones y cuánto costará financiarlo. Las compañías pueden aumentar sus ventas y beneficios, pero sus acciones seguirán siendo vulnerables si el mercado exige una rentabilidad mayor para asumir riesgo.
Nuestra visión sigue siendo constructiva, con preferencia por los grandes grupos tecnológicos con negocios diversificados y capacidad para financiar sus inversiones con recursos propios. Sin embargo, creemos que la generación de caja tendrá un peso creciente en la selección de compañías.
Resultados tecnológicos: el mercado exige rentabilidad a la IA
Las reacciones a las cuentas de Meta y Lam Research muestran un mercado cada vez más exigente. Meta encontró apoyo tras superar las previsiones de ingresos y elevar sus inversiones. En cambio, las débiles perspectivas de Lam Research provocaron una fuerte caída de sus acciones y presionaron a otros fabricantes de equipos para semiconductores.
La diferencia es relevante: aumentar la inversión puede ser bien recibido cuando existe confianza en los ingresos que generará. Cuando las perspectivas decepcionan, el mercado revisa cuánto está dispuesto a pagar por ese crecimiento.
La demanda de inteligencia artificial continúa ofreciendo oportunidades, pero los inversores necesitan comprobar que los desembolsos en chips, centros de datos y energía se traducen en beneficios y efectivo disponible.
El crecimiento de los ingresos sostiene las expectativas; la caja que queda después de invertir permite mantener el esfuerzo sin depender continuamente de nueva financiación.
Las dudas sobre la IA están aumentando la actividad en el mercado de seguros contra impago, conocidos como CDS. Según los datos recogidos por Bloomberg, el volumen negociado de estos contratos vinculados a diez grandes proveedores de nube y fabricantes de chips alcanzó los 140.000 millones de dólares hasta septiembre, un 691% más interanual.
Ese incremento no significa que la probabilidad de impago haya aumentado en la misma proporción. Refleja una mayor actividad de negociación y cobertura, y parte del crecimiento responde a la aparición de nuevos contratos.
Aun así, pone de manifiesto la atención que está recibiendo la financiación del sector. Las estimaciones de Bloomberg Intelligence sitúan el gasto de capital del grupo analizado en 1,36 billones de dólares en 2026 y 2 billones en 2027, con una cartera agregada de pedidos cercana a los 2,5 billones de dólares. La cartera aporta visibilidad sobre la demanda futura, pero no equivale a dinero ya cobrado ni garantiza márgenes suficientes. Las inversiones deben pagarse antes de que parte de esos ingresos se materialice.
¿Qué ocurrió con el S&P 500 después de las elecciones de 2018?
Wall Street ya ha vivido una combinación de Donald Trump en la Casa Blanca, elecciones de mitad de mandato, fuertes beneficios empresariales y una Reserva Federal que endurecía las condiciones monetarias.
En 2018, el crecimiento de los beneficios no evitó una fuerte corrección. Entre las elecciones del 6 de noviembre y el cierre del año, el S&P 500 perdió un 9%. Hasta el mínimo de cierre del 24 de diciembre, la caída desde la jornada electoral alcanzó el 14,7%. Estas variaciones corresponden al índice de precios, sin dividendos.
El rebote comenzó el 26 de diciembre, con una subida cercana al 5%, y ganó respaldo en enero de 2019, cuando la Reserva Federal empezó a transmitir una mayor disposición a actuar con paciencia.
La lección no es que las elecciones provocaran por sí solas las caídas. Es que las empresas pueden ganar más mientras el mercado paga menos por cada dólar de beneficio, debido al encarecimiento del dinero o al deterioro de las perspectivas económicas.
La corrección de 2018 se extendió mucho más allá de las grandes tecnológicas. Energía e industriales estuvieron entre los sectores más castigados durante el cuarto trimestre, mientras utilities, consumo básico y sanidad resistieron mejor.
El petróleo desempeñó un papel importante. Su desplome perjudicó a las compañías energéticas, pero también alivió las presiones inflacionistas y contribuyó a crear un entorno más favorable para el posterior cambio de rumbo de la Reserva Federal.
Ahora, un crudo elevado puede sostener los ingresos de las petroleras mientras presiona los márgenes de otras empresas y reduce el poder adquisitivo de los hogares. Esa presión energética puede limitar el margen de los bancos centrales para responder a una desaceleración.
Por eso, no damos por hecho que una corrección bursátil vaya a encontrar una respuesta monetaria inmediata. Si la inflación persiste, la Fed podría mantener unas condiciones restrictivas incluso aunque la actividad pierda fuerza.
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