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El consenso para 2026 es moderadamente optimista: crecimiento global cercano al 3%, sin recesión inminente, con capex en inteligencia artificial, estímulos fiscales aún activos y una política monetaria que se relaja gradualmente.
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En renta variable, se esperan avances más acotados y mayor volatilidad, con liderazgo menos concentrado en mega caps y una ampliación del rally hacia sectores y regiones rezagadas; el punto de partida en valuaciones elevadas exige más crecimiento real de utilidades.
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El mayor riesgo es una brecha entre expectativas y resultados, especialmente en inteligencia artificial: el mercado pedirá señales claras de retorno sobre el capital, y una decepción podría gatillar correcciones en los activos que hoy concentran optimismo.
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El consenso para 2026 es moderadamente optimista: crecimiento global cercano al 3%, sin recesión inminente, con capex en inteligencia artificial, estímulos fiscales aún activos y una política monetaria que se relaja gradualmente.
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En renta variable, se esperan avances más acotados y mayor volatilidad, con liderazgo menos concentrado en mega caps y una ampliación del rally hacia sectores y regiones rezagadas; el punto de partida en valuaciones elevadas exige más crecimiento real de utilidades.
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El mayor riesgo es una brecha entre expectativas y resultados, especialmente en inteligencia artificial: el mercado pedirá señales claras de retorno sobre el capital, y una decepción podría gatillar correcciones en los activos que hoy concentran optimismo.
El consenso de mercado entra a 2026 con un tono moderadamente optimista, aunque muy distinto al de años anteriores. Wall Street no ve una recesión inminente y espera que la expansión global continúe, apoyada por una combinación poco habitual en esta fase del ciclo: fuerte gasto de capital ligado a inteligencia artificial, estímulos fiscales aún activos en varias economías clave y una política monetaria que comienza a relajarse de forma gradual.
El crecimiento no sería exuberante, pero sí suficiente para sostener el apetito por riesgo, con un matiz central: los activos parten desde niveles de valoración elevados. Ese punto de partida limita el potencial de retornos generalizados y, al mismo tiempo, eleva la dispersión entre ganadores y perdedores. En otras palabras, 2026 luce menos como un año “fácil” y más como un entorno donde la diferencia la harán el posicionamiento, la rotación y la selección.
Escenario macro 2026
En el plano macro, el escenario base apunta a un crecimiento global cercano al 3%, con Estados Unidos manteniendo un desempeño relativamente mejor que Europa. El motor, según el consenso, estaría en una mezcla de inversión privada en tecnología, estímulos fiscales y condiciones financieras más laxas.
La inflación seguiría moderándose, aunque sin volver rápidamente a los objetivos de los bancos centrales, lo que implica que los recortes de tasas serían graduales y no agresivos. Este equilibrio es delicado: por un lado, permite que el ciclo siga vivo; por otro, deja a los mercados sensibles a sorpresas en empleo, precios y política fiscal.
A ese mapa se suma un freno estructural que sigue presente: los aranceles y la fragmentación comercial. Aunque no impliquen necesariamente un shock inmediato, sí actúan como una fuerza de arrastre sobre el crecimiento potencial y sobre la velocidad con que se normalizan costos, cadenas de suministro y decisiones de inversión.
Renta variable
En renta variable, la expectativa no es repetir las fuertes subidas recientes, sino transitar un año de avances más acotados y con mayor volatilidad. Un cambio relevante es que el liderazgo concentrado en mega caps tecnológicas comienza a diluirse, y el mercado descuenta una ampliación del rally hacia sectores y regiones rezagadas.
Inteligencia artificial como eje
La inteligencia artificial sigue siendo el eje dominante, no solo en tecnología, sino también en industrias vinculadas a infraestructura, energía, utilities y materiales. La lógica es sostener el despliegue de centros de datos y redes requiere inversiones masivas, consumo energético y cadenas de suministro robustas. Esto abre el juego a ganadores potenciales fuera del núcleo tecnológico tradicional, aunque con alta dispersión.
Valuaciones exigentes
El punto de partida exigente en valuaciones hace que los resultados dependan más del crecimiento efectivo de utilidades que de la expansión de múltiplos. En 2026, el mercado puede seguir subiendo, pero la “justificación” será más demandante: no bastará con expectativas; los reportes y la ejecución corporativa deberán validar el optimismo, especialmente donde la narrativa ya está ampliamente descontada.
Renta fija
En renta fija, 2026 se perfila como un año donde el foco pasa del movimiento de tasas al ingreso por carry. Con los rendimientos largos en rangos relativamente altos y los spreads comprimidos, el atractivo está menos en duration pura y más en crédito de calidad, tanto en grado de inversión como en segmentos seleccionados de high yield.
La expectativa de recortes de tasas reduce el atractivo del efectivo, mientras que la deuda soberana sigue condicionada por déficits fiscales elevados y mayor emisión. Ese telón de fondo mantiene viva la preferencia por crédito corporativo y por estrategias más flexibles, capaces de navegar un escenario en el que el retorno provenga más del ingreso que de grandes movimientos direccionales de tasas.
Monedas
En monedas, el consenso se inclina hacia un dólar estructuralmente más débil. La lectura combina varios elementos, recortes de tasas en Estados Unidos, menor excepcionalismo económico y un creciente interés por diversificar exposición fuera de activos denominados en dólares.
Este entorno favorece a algunas divisas desarrolladas y emergentes, aunque con alta dispersión y episodios de volatilidad ligados a flujos y decisiones de bancos centrales. En la práctica, el “dólar más débil” puede ser una tendencia, pero no necesariamente una línea recta: la selección por fundamentos y el timing serán especialmente relevantes.
Commodities y activos reales
En commodities y activos reales, el panorama para 2026 es mixto. El crecimiento moderado limita el upside cíclico de materias primas ligadas a actividad, pero el gasto en infraestructura, defensa y transición energética sigue aportando soporte selectivo.
Oro
El oro mantiene un rol relevante como activo de cobertura ante riesgos fiscales, políticos y de política monetaria. En un año donde la macro puede ser “suficientemente buena” pero las expectativas son altas y los déficits siguen pesando, su función defensiva vuelve a cobrar protagonismo en carteras.
Petróleo
El petróleo, en cambio, aparece más condicionado por una oferta abundante y un menor impulso de demanda. Esto no elimina la volatilidad (siempre sensible a eventos), pero sí sugiere un balance menos favorable para un rally sostenido solo por ciclo.
El gran riesgo de 2026
El mayor riesgo para 2026 no parece venir de un shock inmediato, sino de una desalineación entre expectativas y resultados, especialmente en inteligencia artificial. El volumen de inversión es tan grande que el mercado empezará a exigir señales claras de retorno sobre el capital, y cualquier decepción en utilidades o productividad podría generar correcciones relevantes en activos que hoy concentran optimismo.
Por eso, 2026 se perfila menos como un año de beta y más como uno de selección, rotación y gestión activa. El crecimiento existe, pero ya no alcanza con estar simplemente expuesto al mercado: el desempeño dependerá más de identificar dónde se materializa el crecimiento, quién lo captura en resultados y qué segmentos están pagando demasiado por promesas.
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