- El Niño puede convertirse en un riesgo macroeconómico silencioso para 2026 y 2027
- Café cacao energía e inflación son algunos de los canales más sensibles al fenómeno
- Los mercados podrían estar infravalorando el impacto económico de los eventos climáticos extremos
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- Café cacao energía e inflación son algunos de los canales más sensibles al fenómeno
- Los mercados podrían estar infravalorando el impacto económico de los eventos climáticos extremos
Siempre me ha parecido fascinante que una de las fuerzas con mayor capacidad para alterar la economía mundial sea también una de las más silenciosas.
Porque El Niño no llega con la espectacularidad de una crisis financiera. No hay ruedas de prensa. No hay una campana sonando en Wall Street. No hay un presidente anunciando medidas extraordinarias. Simplemente aparece. Primero, el agua se calienta. Después, los modelos empiezan a coincidir. Más tarde, los mercados comienzan a prestar atención. Y un día, sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió, todo el mundo está hablando de él.
Este año, la sensación es distinta.
NOAA estima una probabilidad superior al 80% de que el fenómeno alcance la categoría de “muy fuerte” durante el último trimestre de 2026. Más aún, sus modelos apuntan a una probabilidad cercana al 97% de que continúe presente durante buena parte de la primavera de 2027. Los meteorólogos suelen ser personas prudentes; viven de recordar al resto del mundo que la naturaleza tiene la mala costumbre de no seguir los guiones previstos. Por eso, cuando empiezan a utilizar expresiones como “uno de los eventos más fuertes desde 1950”, merece la pena escucharlos.
La pregunta es inevitable: ¿y qué? La respuesta es que, probablemente, mucho más de lo que pensamos.
Vivimos en un mundo obsesionado con la tecnología. Hablamos de inteligencia artificial, de computación cuántica, de SpaceX y de empresas que valen varios billones de dólares. Pero la realidad es que seguimos dependiendo de cosas extraordinariamente simples. Seguimos necesitando agua para cultivar alimentos. Seguimos necesitando temperaturas razonables para producir energía. Seguimos dependiendo de que el clima no decida comportarse de manera demasiado distinta a como lo ha hecho durante los últimos cien años.
Y cuando lo hace, la factura suele ser considerable.
El episodio de 1997-98 dejó pérdidas económicas estimadas en más de 35.000 millones de dólares. El de 1982 fue responsable de inundaciones, incendios y sequías en prácticamente todos los continentes. El de 2015 coincidió con uno de los periodos más cálidos registrados hasta entonces. La diferencia es que el mundo de 2026 no es el de 1997. Hoy tenemos una economía mucho más globalizada, más interconectada y, probablemente, más vulnerable.
Es curioso pensarlo. Hemos construido cadenas de suministro capaces de entregar un producto fabricado en Asia en una ciudad europea en cuestión de días. Hemos reducido inventarios al mínimo. Hemos optimizado cada céntimo de coste. Y, en el proceso, hemos creado un sistema extraordinariamente eficiente, pero también extraordinariamente sensible.
Goldman Sachs lleva tiempo insistiendo en una idea que me parece especialmente interesante: los mercados continúan infravalorando el impacto económico de los fenómenos climáticos extremos. Bank of America comparte una visión parecida y considera que el riesgo climático será una de las grandes variables macroeconómicas de la próxima década. UBS, por su parte, advertía esta misma semana de que América Latina podría enfrentarse a importantes desafíos económicos si el fenómeno continúa intensificándose, identificando a Colombia como uno de los países más expuestos.
Y, sinceramente, cuesta llevarles la contraria. Porque basta con seguir el recorrido de una simple gota de lluvia para entenderlo.
Si llueve menos en Brasil, la producción de café puede caer. Si cae la producción, el precio sube. Si el precio sube, aumenta la inflación alimentaria. Si la inflación alimentaria aumenta, los bancos centrales encuentran un motivo más para mantener una postura restrictiva. Y si las tasas permanecen altas durante más tiempo, cambian las valoraciones de acciones, bonos y divisas.
Todo ello porque una masa de agua en mitad del Pacífico decidió calentarse dos grados.
Es una cadena de acontecimientos extraordinariamente sencilla y, al mismo tiempo, increíblemente poderosa.
El mercado del café es probablemente uno de los mejores ejemplos. Brasil y Vietnam producen aproximadamente la mitad del café del planeta. Un problema en cualquiera de los dos países tiene la capacidad de alterar el equilibrio mundial durante meses. Lo mismo ocurre con el cacao. Costa de Marfil y Ghana concentran cerca del 60% de la producción global. Si las lluvias no llegan cuando deberían, o llegan demasiado pronto, las consecuencias se sienten desde las plantaciones africanas hasta el lineal de un supermercado europeo.
Rabobank ha señalado recientemente que las materias primas agrícolas podrían experimentar uno de sus periodos de mayor volatilidad en años si el actual episodio de El Niño alcanza la intensidad que descuentan algunos modelos. Y tiene sentido. Los mercados agrícolas llevan siglos funcionando de la misma manera: cuando aparece la incertidumbre, aparece también una prima de riesgo.
Pero El Niño nunca se conforma con afectar a un solo sector.
También está la energía. Un planeta más cálido consume más electricidad. Más aire acondicionado significa más demanda energética. Más demanda energética implica más presión sobre el gas natural y determinadas infraestructuras eléctricas. Algunas regiones podrían experimentar sequías que reduzcan la generación hidroeléctrica, mientras otras se enfrentarían a lluvias extremas capaces de dañar instalaciones y redes de transporte.
J.P. Morgan apuntaba recientemente que una de las variables más difíciles de incorporar a sus escenarios macroeconómicos para 2027 es precisamente la combinación de clima, energía e inflación. Y entiendo perfectamente el motivo. El Niño no es un fenómeno meteorológico. Es un fenómeno económico disfrazado de meteorología.
También están las aseguradoras, uno de esos sectores de los que nadie se acuerda hasta que ocurre algo.
Munich Re y Swiss Re llevan años publicando estudios que muestran una tendencia bastante clara: los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes y más costosos. Para una aseguradora, El Niño no es una curiosidad científica. Es una línea más en una hoja de cálculo. Una línea que puede valer miles de millones de dólares.
Y luego está la gran pregunta: ¿será realmente el más fuerte en 75 años?
La respuesta honesta es que nadie lo sabe.
La naturaleza tiene una capacidad extraordinaria para recordarnos que la estadística no es una garantía. NOAA habla de una probabilidad del 81% de que el fenómeno alcance la categoría de “muy fuerte”. Los modelos coinciden más que en ocasiones anteriores. La temperatura superficial del Pacífico está evolucionando rápidamente. Todo apunta en la misma dirección. Pero los científicos son prudentes por una buena razón: llevan toda la vida aprendiendo que la atmósfera no lee informes de bancos de inversión.
Mi sensación es que todavía estamos en el prólogo de esta historia.
El Niño tiene una forma muy particular de hacerse notar. Nunca es inmediato. Primero aparecen los informes. Después, los titulares. Más tarde, una cosecha decepciona. Unas semanas después, una materia prima empieza a subir. Y, finalmente, alguien en un banco central pronuncia la frase que nadie esperaba escuchar: “El comportamiento del clima ha tenido un impacto mayor del previsto”.
Quizá dentro de un año miremos atrás y recordemos el verano de 2026 como el momento en el que empezaron a aparecer las primeras señales. O quizá termine siendo un episodio importante, pero no histórico. Nadie puede saberlo todavía.
Lo que sí sabemos es que El Niño lleva siglos haciendo exactamente lo mismo: recordarnos que la economía mundial es mucho más humana de lo que nos gusta admitir.
Porque detrás de cada gráfico hay personas. Hay agricultores esperando lluvia. Hay familias preocupadas por el precio de los alimentos. Hay empresas intentando proteger sus márgenes. Hay inversores buscando entender qué ocurrirá después.
Y quizá esa sea la verdadera lección de toda esta historia.
Nos hemos acostumbrado a pensar que vivimos en un mundo gobernado por algoritmos y bancos centrales. Pero, de vez en cuando, aparece El Niño para recordarnos algo extraordinariamente sencillo: seguimos viviendo en un planeta.
Y el planeta, de vez en cuando, decide hacerse notar.
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Alejandro de Luis
Editor de Hispatrading Magazine, revista de trading con mayor difusión en español, Alejandro ha trabajado como trader en diferentes sociedades de valores y firmas de trading propietario, así como en áreas de negociación y análisis durante casi dos décadas. Autor de varios libros de trading publicados en más de 5 países ha impartido conferencias formativas y programas de especialización ante audiencias de más de 40 países, entre ellas alumnos de varias universidades europeas de prestigio.
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