La decisión de Donald Trump de permitir la exportación a China de los chips H200 de Nvidia, sujeta a un arancel del 25%, ha generado una fuerte reacción a ambos lados del Pacífico. Si bien, en términos formales, la medida supone una apertura parcial del mayor mercado mundial de semiconductores, las autoridades chinas han optado por retener los envíos en la frontera.
Para los mercados financieros, esta situación envía una señal clara: la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China ha entrado en una fase de incertidumbre elevada, en la que las decisiones administrativas tienen un impacto cada vez más directo sobre las cadenas de suministro globales y las valoraciones de las empresas tecnológicas.
El episodio refuerza la percepción de que el sector de semiconductores seguirá expuesto a riesgos geopolíticos y regulatorios, con implicancias relevantes para la inversión y la planificación estratégica a nivel global.
Desde la perspectiva de Nvidia, lo que está en juego son contratos por decenas de miles de millones de dólares. Las empresas tecnológicas chinas, responsables de cerca del 30% de la demanda global de infraestructura de inteligencia artificial, habrían realizado pedidos por más de 2 millones de chips H200, mientras que la capacidad de suministro disponible de la compañía se estima actualmente en torno a 1 millón de unidades.
Esto implica que la demanda declarada supera ampliamente la capacidad de producción actual. El nuevo chip H200 ofrece hasta seis veces más potencia de cómputo que el H20, que había sido diseñado previamente como una versión compatible con las restricciones de exportación. Pese a esta ventaja tecnológica, las autoridades aduaneras chinas recibieron instrucciones de que los chips no pueden ser importados.
El desajuste entre demanda, capacidad productiva y restricciones regulatorias subraya el impacto creciente de la geopolítica en el sector de semiconductores y en la cadena global de suministro de tecnología avanzada.
Desde una perspectiva de mercado, la disputa en torno al chip H200 pone de relieve una paradoja creciente en la valoración de Nvidia. La compañía se beneficia de una demanda global sin precedentes por capacidad de cómputo para inteligencia artificial; sin embargo, una parte cada vez más relevante de su narrativa depende de decisiones políticas y regulatorias, más que de fundamentos operativos puros.
Cualquier señal de flexibilización o endurecimiento de las restricciones hacia China impacta de forma inmediata en el sentimiento sobre la acción del gigante tecnológico y sobre el conjunto de empresas vinculadas a la inteligencia artificial. Como resultado, aumenta la prima de riesgo regulatorio, y los modelos tradicionales de valoración necesitan incorporar cada vez más escenarios geopolíticos, no solo proyecciones de ingresos y márgenes.
El conflicto también se ha trasladado rápidamente al ámbito de la política interna estadounidense. En el Congreso está creciendo la presión para reforzar la supervisión de las exportaciones de tecnologías avanzadas de IA hacia China, reflejada en el trabajo legislativo en torno a la AI Overwatch Act. Los defensores de esta regulación advierten que la venta de chips de esta categoría podría fortalecer las capacidades tecnológicas de China en áreas estratégicas. Sus detractores, en cambio, alertan que un exceso de intervención legislativa podría debilitar la competitividad de los fabricantes estadounidenses de semiconductores y limitar su flexibilidad operativa a nivel global.
Para el mercado tecnológico en general, el conflicto del H200 puede interpretarse como una nueva señal para reducir selectivamente la exposición a China y redirigir capital hacia jurisdicciones percibidas como más estables desde el punto de vista regulatorio. Los inversionistas institucionales llevan varios años incorporando el riesgo de un desacoplamiento gradual en los sectores de semiconductores e infraestructura de IA, y el caso de Nvidia demuestra que incluso soluciones aparentemente intermedias —como aranceles o límites de volumen— pueden derivar, en la práctica, en escenarios donde el producto no llega al cliente final, pese a existir una demanda real.
En este contexto, la visita de enero a Shanghái del CEO de Nvidia, Jensen Huang, adquiere una relevancia que va mucho más allá del simbolismo empresarial. La presencia del líder de una compañía cuyos productos representan hoy una porción sustancial del poder de cómputo global utilizado en el desarrollo de inteligencia artificial subraya la naturaleza de la nueva confrontación tecnológica.
En esencia, ya no se trata únicamente de aranceles y sanciones, sino de control sobre los algoritmos, acceso a los datos y la dirección del desarrollo tecnológico, factores que están pasando a determinar, de forma creciente, el equilibrio de poder a nivel global.
Este cambio de eje refuerza la idea de que la competencia entre Estados Unidos y China ha entrado en una fase más profunda y estructural, con implicancias de largo plazo para los mercados financieros y el sector tecnológico.
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